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EL REALITO, ¿TEMPLO DE LA SALUD?

24 Mayo 2008


Por: Octavio Domínguez

La fe, indudablemente, mueve montañas. Pero si la montaña no viene a ti…¿entonces qué?.
Fácil.
Para cumplir el axioma de Jesús y Mahoma, basta y sobra con acudir al consultorio de Don “Chuy”, en donde se preparan acuciosamente las fórmulas que proporcionarán salud al enfermo que, en el mayor de los casos, se aferra a esta última posibilidad para remediar sus males. Y los resultados son halagüeños.
Ni quien lo niegue.
Don Jesús Díaz González, como hace cuarenta años, sigue haciendo gala de sus profundos conocimientos en medicina herbolaria para abatir desde un simple resfriado, hasta una enfermedad terminal, como lo es el cáncer y otros padecimientos que han brotado inmisericordes, como cobro a facturas por el desarrollo tecnológico logrado por el ser humano hasta la fecha.
Llegó a El Realito, como todos lo han hecho. Buscando horizontes de mayor apertura para saciar sus juveniles deseos. Un empleo, una compañera, unos hijos. Nunca imaginó que dedicarse de lleno al estudio de las plantas y después aplicarlas debidamente tratadas, daría el alivio a cientos de personas que pusieron su fe en él.
El Realito es una comunidad enclavada en un punto agreste del municipio de El Fuerte, a una distancia aproximada a los 17 kilómetros (10.5 millas) de la centenaria ciudad o bien, a 78 kilómetros de la cañera ciudad de Los Mochis. Sus 613 habitantes, en su mayoría, se dedican a la agricultura de temporal o bien a la ganadería, con raquíticos resultados, mientras que otros más, deshojan una margarita para aventurarse o no, más allá de nuestras fronteras en busca de los codiciados dólares.
Los últimos cuatro días de la semana tradicional (jueves, viernes, sábado y domingo), esta pequeña comunidad se pone en Jauja. Decenas de enfermos acuden en busca del remedio pródigo. Muchos de ellos en lujosos vehículos. Otros más en el popular tranvía y los de “abajo”, en un aventón. Mientras, vecinos de la comunidad preparan sus pequeños restaurantes para alimentar a los viajeros.
Procedentes de Sinaloa de Leyva, integrantes de la familia León Alvarado acuden a buscar a Don “Chuy”. Uno de ellos revela su caso: “no puedo procrear hijos, pero hemos venido con la esperanza de curarnos”. Sus ojos se iluminan al mirar de soslayo la entrada al templo de la salud y agrega: “Mi mujer y yo hemos dicho que si tenemos un hijo…le pondremos ¡Realito!”.
Una fresca enredadera adorna el pasillo por donde los aquejados visitantes penetrarán al consultorio de Don “Chuy”. Ahí, sus hijos comparten la enorme satisfacción de proporcionar el compuesto medicinal herbolario que ofrece la curación, cuando muchos profesionistas de la medicina tradicional se estrellaron una y otra vez ante la extraña enfermedad.
Tal es la fama y el prestigio adquirido por el experto en hierbas medicinales, que la vox populi le concede el honor de haber sanado a luminarias del espectáculo, como Joan Sebastian, políticos famosos e, incluso, personajes de alto poder supuestamente dirigentes del narcotráfico.
Sin embargo, Don “Chuy” revela la verdad, inmediatamente:
“Nada de eso es cierto. Mi obra es dedicada a las personas que menos tienen especialmente. Tan es así que no se cobra un cinco por la consulta. Son 300 pesos que la gente paga por la medicina que nosotros (se refiere a sus hijos) preparamos con especial atención”. No conoce a Sebastian, ni a político alguno, mucho menos a algún mafioso y es que para él no existen nombres y sí, hay predilección: “Le damos preferencia a los enfermos, a los más necesitados”.
Fue el 5 de febrero de 1918 (en el primer aniversario de la Constitución Política Mexicana) cuando en Santiago Papasquiario, en el estado de Durango, Jesús Díaz González viera la luz primera. Como primogénito, tuvo que enfrentar los primeros retos de la vida y confiesa:
“Yo no estudié. La vida misma se convirtió en mi escuela y eso es lo más satisfactorio que llevo siempre conmigo. Lo de las plantas. Bueno, desde niño me gustó todo lo que se relacionara con la herbolaria y ese gusto fue creciendo junto conmigo. Me vine a El Realito en busca de medicinas y no solamente las encontré aquí, sino que conocí a la compañera de mi vida, Amada, quien me dio a mis hijos, Jesús, Hilda y Aquileo”.
De Don “Chuy” se habría dicho que su profesión era la de médico militar.
“No, eso no es cierto. No hubiera tenido la satisfacción de convertirme en un médico herbolario al servicio de los que más necesitan, porque indudablemente me hubiera dedicado a servir a otros sectores”, responde.
Hilda es una joven que auxilia a su padre, tanto en la preparación de medicamentos como en sus necesidades personales. Comparte plenamente la idea de Don “Chuy”: “Él nos ha enseñado a servirle a las clases necesitadas, a los que vienen enfermos y que muchas veces no traen dinero. Eso es un tema secundario, porque la satisfacción primordial de mi padre y sus hijos, son las de hacer el bien a quien lo pida sin importar su condición o posición social”.
Son noventa años de una vida, dedicada a la pasión por las plantas y sus efectos curativos. Tras una breve reflexión, Don Jesús dice:
“Mira, la gente no se cura con mentiras y si tengo que decirlo, lo digo: muchos profesionistas de la medicina tradicional trabajan con mentiras. Ya me ha costado muchos regaños de algunos de ellos, pero lo tengo que decir porque tampoco comparto la hipocresía. Porque no se vale que exploten a la gente”.
Su salud no ha sido mermada por alguna enfermedad de importancia, salvo un problema de tipo respiratorio que consultó con un neumólogo “porque también es necesario el apoyo de los especialistas, de los que sí comparten el espíritu de servicio y cumplen con el juramento de Hipócrates”. Su hija, Hilda, lo pone al descubierto:
“Existen supuestos curanderos que intentan lucrar con el nombre de mi padre por allá en Guamúchil y Navolato, pero no existe más que un Don “Chuy” y aquí está. Dentro de estas dos hectáreas que tenemos en El Realito”.
A su lado, en su escritorio, cientos de presentes que son aportados por los agradecidos enfermos –hoy en estado de gracia saludable- llevan a Don “Chuy”, quien recíprocamente se despide con un saldo a LA GACETA y sus lectores:
“El peor defecto del ser humano, indudablemente es la mentira. La mayor cualidad: DAR”.
*Un agradecimiento a Ciro Hernández Alejo, Gilberto Álvarez Díaz y Pedro Cruz Fierro, por el apoyo brindado para llegar hasta El Realito y la oportunidad de consultar a Don “Chuy”, cuyos pacientes no dan espacio para más.




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