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19 Mayo 2017


Eósforo y Héspero: luz en el Cielo


Eósforo o Fósforo, ‘portaluz’, Lucífero, hijo del dios Astreo (Estrella) y de Eos (Aurora), es el Lucero matutino; su hermano Héspero o Véspero, lucero de la tarde, hijo del mortal Céfalo. Personifican ambos al planeta Venus en su doble advocación, percibido como dos objetos celestes diferenciados según el momento en que es visto. Lo consideran una estrella errante, un planeta. Eósforo/Héspero es tenido por padre de Ceix y Dedalion, aunque también se le adjudica la paternidad de las Hespérides.
Los griegos lo identifican con Afrodita y algunas fuentes le atribuyen al matemático Pitágoras (o al filósofo Parménides) el descubrimiento de que se trata del mismo astro. La Septuaginta griega lo llama Heósphoros (‘el brillante’, Venus). Pero ya los astrónomos babilonios lo habían señalado como uno solo, asimilándolo a su diosa de la fecundidad, Ishtar.
Algunas comunidades cristianas de los siglos III y IV de nuestra era llamaron Lucifer al portador de la luz, el “altísimo”. Para el pensamiento teológico hebreo, el término satán designa al ‘adversario’, que insinúa una dualidad entre el bien y el mal. Para el siglo VII después de Cristo, el nombre Lucifer significa simplemente Venus. Muy pronto, para el siguiente siglo, Lucifer señala al ángel caído, un oponente de Dios transformado en el príncipe maligno o el principio del Mal.
Un salmo del Antiguo Testamento relata que un rey babilonio, que retenía secuestrados a algunos judíos en su ciudad, había caído de su alta posición. Este hecho, meramente político y local, fue convertido en precepto doctrinal y teológico. Y San Jerónimo, en la Vulgata (su versión de la Biblia al latín), traduce el salmo usando la palabra Lucifer como un nombre propio, aunque es un equivalente del hebreo Helel, resplandeciente o portador de la luz.
Un poco de la luz del alba de aquella edad heroica está en nuestros cuerpos, en el bolsillo o en la cocina, modesto taller alquímico: el fósforo, con símbolo P, elemento químico número 15 de la tabla de Mendeléiev. En 1669, un alquimista alemán, Hennig Brand, aisló el fósforo a partir de orina humana. Lo llamó φωσφόρος, phosphóros, que en latín dio phosphŏrus, en español ‘portador de luz’. El fósforo es muy reactivo: se combina con el oxígeno del aire en una combustión que da como resultado la emisión de luz por fosforescencia. En nuestro cerebro es fosfeno, repentina chispa amarilla.




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